
El pasado 26 de julio, cientos de personas recorrieron las calles de la Val d’Aran en una jornada dedicada a celebrar el aranés. No era una manifestación contra nadie. Era la celebración de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: el deseo de mantener viva una lengua.
La jornada partió desde diferentes puntos de la Val d’Aran: Les, Montgarri y el puerto de Vielha, con recorridos y horarios adaptados a cada distancia, para confluir finalmente en la plaza de Aran de Vielha. Personas de distintas edades y procedencias compartieron un mismo camino bajo un mensaje claro: «Somos araneses, hablamos aranés». No se trataba únicamente de recorrer unos kilómetros, sino de hacer visible una lengua que necesita ocupar las calles y ser escuchada más allá de los espacios institucionales. Durante unas horas, el aranés se convirtió en música de la mano del grupo Nadau, que llenó la plaza con sus canciones occitanas. Mi propia historia familiar refleja, en cierto modo, la diversidad de la Val d’Aran. Mi padre nació fuera del valle y mi madre es aranesa, hija de padres procedentes del sur de España. Muchas de mis amistades han crecido aquí, aunque sus familias llegaron desde otros territorios. Ninguna de estas procedencias nos hace sentir menos vinculados a la Val d’Aran, al contrario, asistir a Aran per sa lengua despertó en mí un sentimiento de pertenencia a algo mucho más grande y me hizo tomar conciencia de una responsabilidad
que también es personal. Aquel día comprendí que yo también podía hacer más por el aranés, utilizarlo y perder el miedo a equivocarme para contribuir aque siga ocupando el lugar que merece. A menudo pensamos que una lengua se protege aprobando leyes, incluyéndola
en los planes educativos o reconociéndola oficialmente. Obviamente, todo eso es importante, pero no suficiente. Una lengua solo sigue viva cuando se utiliza con naturalidad, en una conversación entre amigos, en los comercios del territorio, en la escuela o en familia.
Cuando deja de formar parte de nuestro día a día, comienza un proceso silencioso de retroceso que ninguna norma puede detener. Es ahí donde iniciativas como Aran per sa lengua cobran todo su sentido. El aranés representa ese mismo desafío. Su futuro no depende únicamente de las instituciones, sino también de la voluntad de quienes lo hablan y entienden que preservar una lengua es proteger un patrimonio compartido.
Cada palabra que continúa pronunciándose mantiene vivo un legado que va más allá de la comunicación. Conserva la historia, las tradiciones y la personalidad de un territorio que ha sabido hacer de su diversidad lingüística una de sus mayores riquezas.
Normalmente hemos asociado la desaparición de una lengua a la prohibición o la imposición, pero en el siglo XXI el riesgo puede ser mucho más silencioso. Hoy, muchas lenguas no desaparecen necesariamente porque alguien las persiga, sino porque dejan de utilizarse. Cuando una familia deja de transmitir una lengua a sus hijos o un niño siente que no merece la pena hablarla, esta empieza a perder terreno. No sucede de golpe, sino palabra a palabra, conversación a conversación y generación tras generación.
El verdadero éxito de Aran per sa lengua no estuvo únicamente en el número de asistentes, sino en comprobar que una lengua minoritaria sigue siendo capaz de unir a cientos de personas alrededor de una misma idea: que proteger la propia cultura no es un ejercicio de exclusión, sino una invitación a conocerla, respetarla y hacerla perdurar.
En una época marcada por la globalización, en la que cada vez compartimos más costumbres, más contenidos y formas de comunicarnos más parecidas, proteger una lengua minoritaria puede parecer una cuestión local. En realidad, es una responsabilidad colectiva. Cada lengua encierra una manera distinta de comprender el mundo, de nombrar el paisaje, de transmitir la memoria y de construir una comunidad. Cuando desaparece una lengua, la pérdida no es solo de quienes la hablaban, es de todos.
Quizá por eso el lema que acompaña desde hace años a Aran per sa lengua resume mejor que ningún otro el sentido de esta celebración: «Qui ten era lengua, ten era clau». Quien tiene la lengua, tiene la llave. La llave de una historia compartida, de una identidad construida durante siglos y de un patrimonio cultural que merece seguir vivo. Porque conservar el aranés no es mirar al pasado con nostalgia, es abrir la puerta al futuro sin renunciar a aquello que hace única a la Val d’Aran.