La derrota ante el Chelsea agrava la crisis de un club que lleva años cambiando entrenadores, incorporando futbolistas y buscando soluciones sin encontrar una identidad deportiva. Quizá el problema no esté únicamente sobre el césped.
Javier Farré | 30 de octubre de 2026
El Manchester United vuelve a tropezar. La derrota por 2-0 ante el Chelsea es el último capítulo de una temporada que está dejando una imagen difícil de asociar con uno de los clubes más importantes de la historia del fútbol europeo.
El 0-3 encajado ante el Bournemouth en Old Trafford y la contundente derrota por 4-1 frente al Como ya habían encendido las alarmas. Ahora, con el equipo peligrosamente cerca de los puestos de descenso de la Premier League, resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿cómo ha llegado el Manchester United hasta aquí?
Lo más preocupante no es una derrota concreta ni una mala temporada. Es la sensación de estar contemplando un problema que se repite desde hace demasiado tiempo.
Porque los entrenadores cambian, los jugadores llegan y se marchan, pero el United continúa sin encontrar el rumbo.
Un banquillo sin continuidad deportiva
Desde la retirada de Sir Alex Ferguson en 2013, el Manchester United ha intentado recuperar su posición en la élite a través de proyectos muy diferentes.
José Mourinho apostaba por un fútbol pragmático y competitivo. Ole Gunnar Solskjær trató de recuperar la confianza y el carácter ofensivo del equipo. Erik ten Hag llegó con una propuesta asociada al juego posicional y Rúben Amorim aterrizó después de destacar en el Sporting de Portugal con un sistema muy definido.
No se trata de decidir cuál de ellos tenía razón. La cuestión es que sus ideas eran considerablemente distintas.
Cada cambio de entrenador implica nuevas exigencias, diferentes perfiles de futbolistas y, en muchos casos, una nueva manera de entender el juego. Si ese proceso se repite constantemente, construir una identidad colectiva se convierte en una tarea cada vez más complicada.
Sería injusto afirmar que todos esos proyectos fueron un fracaso absoluto. Mourinho ganó la Europa League y la Copa de la Liga. Ten Hag también conquistó la Copa de la Liga y la FA Cup. Solskjær dejó etapas en las que el equipo volvió a competir con mayor regularidad.
Pero ninguno consiguió devolver al United una estabilidad deportiva duradera.
Ahora Michael Carrick afronta una situación parecida. Su condición de antiguo futbolista del club y el vínculo que mantiene con Old Trafford pueden ayudar a explicar la paciencia de una parte de la afición. Sin embargo, su historia no puede servir como argumento para justificar indefinidamente los resultados.
Carrick tiene responsabilidad en el funcionamiento del equipo, como la tuvieron sus predecesores. Pero después de tantos entrenadores distintos, quizá haya llegado el momento de preguntarse si el problema es exclusivamente de quienes ocupan el banquillo.
Cuando la planificación también entra en crisis
Para encontrar algunas respuestas hay que mirar más allá de los resultados.
En el verano de 2024, el Manchester United decidió mantener a Erik ten Hag y prolongar su contrato después de conquistar la FA Cup. La entidad respaldó aquella decisión con importantes inversiones en el mercado de fichajes.
Sin embargo, apenas unos meses después, en octubre, el técnico neerlandés fue destituido.
El episodio resulta todavía más llamativo si se observa lo ocurrido con Dan Ashworth. El United negoció durante meses su incorporación desde el Newcastle, abonó una compensación económica para hacerse con sus servicios y lo nombró director deportivo en julio de 2024.
En diciembre, solo cinco meses después, Ashworth abandonó el cargo.
Dos decisiones que, por sí solas, no permiten conocer todos los problemas internos de la entidad, pero que sí plantean dudas razonables sobre la continuidad de su planificación.
¿Cómo puede consolidarse un proyecto deportivo cuando algunas de las personas encargadas de dirigirlo apenas tienen tiempo para desarrollarlo?
No significa que los propietarios y dirigentes sean responsables de cada error cometido sobre el terreno de juego. Tampoco conocemos todas las circunstancias que explican sus decisiones. Pero la estabilidad de un equipo no depende únicamente del entrenador.
También depende de quienes eligen a ese entrenador, diseñan la plantilla y establecen los objetivos deportivos.
Y esa responsabilidad merece, como mínimo, el mismo análisis.
El problema no es fichar, sino saber para qué
El Manchester United ha invertido grandes cantidades de dinero durante los últimos años. Sin embargo, disponer de recursos económicos no equivale necesariamente a construir un equipo competitivo.
Una plantilla puede reunir buenos futbolistas y, aun así, funcionar mal como conjunto.
Para fichar con criterio, primero hay que definir una idea de juego. Después, identificar qué perfiles necesita ese sistema y qué jugadores pueden desarrollarlo. Hacerlo al revés puede conducir a una acumulación de talento sin una estructura que lo aproveche.
El caso de Scott McTominay invita a reflexionar sobre esta cuestión.
El centrocampista escocés abandonó el Manchester United en 2024 para incorporarse al Nápoles. En su primera temporada en Italia se proclamó campeón de la Serie A, anotó doce goles y fue elegido mejor jugador del campeonato.
No se convirtió de repente en un buen futbolista. Ya había demostrado cualidades en Old Trafford. Lo que cambió fue el contexto, su función dentro del equipo y la manera de aprovechar sus características.
Esto no demuestra que todos los jugadores mejoren cuando abandonan Manchester, ni que McTominay hubiera conseguido los mismos resultados permaneciendo en Inglaterra.
Pero sí deja una pregunta interesante: ¿está consiguiendo el United sacar el máximo rendimiento de los futbolistas que tiene?
Porque quizá el problema no sea únicamente la calidad de sus incorporaciones, sino la falta de una idea colectiva capaz de darles sentido.
El peso de una historia que ya no gana partidos
El Manchester United sigue siendo una institución gigantesca. Su historia, su afición y su repercusión internacional lo mantienen entre los clubes más reconocidos del mundo.
Pero su realidad deportiva es otra.
Desde la última Premier League conquistada en 2013, el club no ha conseguido recuperar la regularidad que caracterizó a la etapa de Ferguson. Ha levantado títulos, ha disputado competiciones europeas y ha vivido momentos positivos, pero también ha encadenado temporadas muy alejadas de las expectativas.
Quizá una parte del problema sea continuar mirando al pasado como si el prestigio del escudo pudiera garantizar los resultados del presente.
El United necesita aceptar que ya no es aquel equipo que dominaba Inglaterra y competía habitualmente por ser el mejor de Europa.
Reconocerlo no significa renunciar a su grandeza. Significa comprender desde dónde debe empezar a reconstruirse.
También se echan en falta referentes capaces de transmitir una identidad reconocible sobre el campo. Bruno Fernandes ha asumido durante años una enorme responsabilidad, pero un proyecto deportivo no puede depender del liderazgo o de las actuaciones individuales de un solo futbolista.
Un gran equipo necesita algo más: una idea compartida, mecanismos colectivos y jugadores que entiendan cuál es su función dentro de ellos.
Reconstruir desde una idea, no desde los nombres
El Manchester United debería plantearse una reconstrucción profunda, aunque eso implique aceptar que los resultados no llegarán inmediatamente.
No se trata de conceder paciencia ilimitada a cualquier entrenador. Se trata de definir primero qué fútbol quiere practicar el club y elegir después a los profesionales adecuados para desarrollarlo.
Una filosofía deportiva debe sobrevivir a los cambios de banquillo. Si un entrenador se marcha, su sustituto debería poder trabajar sobre una base reconocible, sin necesidad de empezar desde cero.
El Barcelona ofrece un ejemplo interesante, aunque no idéntico. Durante las etapas de Ronald Koeman y Xavi Hernández, las dificultades económicas obligaron a dar protagonismo a jóvenes de la cantera. Futbolistas como Pedri, Gavi o Lamine Yamal —incorporados o consolidados en momentos distintos— terminaron formando parte de una nueva base deportiva, complementada posteriormente con fichajes.
Aquella reconstrucción tuvo errores, dificultades y decisiones discutibles. Pero sirve para ilustrar una idea: no siempre es necesario reunir a las mayores estrellas del mercado para empezar a construir un equipo competitivo.
Lo importante es saber qué se quiere construir.
El Manchester United cuenta con recursos, una cantera de enorme tradición y capacidad para atraer futbolistas. Lo que necesita es convertir esas ventajas en un proyecto coherente y sostenido en el tiempo.
Un gigante que necesita cambiar de rumbo
Hay algo especialmente triste en contemplar a un club de la dimensión del Manchester United luchando por alejarse de los puestos de descenso.
No porque su historia le otorgue el derecho a ganar, sino porque cuesta reconocer en el equipo actual a aquella institución que durante tantos años fue una referencia del fútbol europeo.
El United no necesita vivir permanentemente de su pasado. Necesita construir un futuro que vuelva a estar a su altura.
Y para hacerlo tendrá que aceptar que cambiar de entrenador, fichar nuevos futbolistas o buscar soluciones inmediatas no basta si detrás de esas decisiones no existe una dirección deportiva clara.
La imagen recuerda a la de un enorme transatlántico que, pese a su tamaño, sus recursos y su historia, continúa navegando hacia una dirección equivocada.
Cuando un barco así empieza a hundirse, cambiar de capitán una y otra vez puede no ser suficiente.
Primero hay que decidir hacia dónde se quiere navegar.
